domingo, 15 de septiembre de 2013

León Bloy, sobre el Martirio.

SAN EDMUNDO

Patrono de la Schola Cantorum

I

La Iglesia romana honra el 20 de noviembre a San Edmundo, rey Inglaterra y mártir. En efecto, el 20 de noviembre de 870 los daneses idólatras lo decapitaron, luego de una serie de suplicios horrorosos. Esto es historia antigua.
En esa época el imperio de Carlomagno, ya herido de muerte por esos mismos bárbaros de Noruega y Jutlandia que saqueaban Inglaterra, comenzó con Carlos el Calvo y Luis el Germánico la inmensa voltereta que debía durar cien años, hasta Hugo Capeto, "rey de hecho y por los hechos", según la expresión del célebre papa Gerbert.
En el otro extremo de Europa, el asesino Basilio acababa de instaurar, sobre el más viejo trono cristiano, esa deslumbrante y formidable dinastía de Macedonia, que hizo temblar a Oriente y Occidente por espacio de medio siglo.
En Roma había uno de esos innumerables Juanes que con tanta frecuencia alteraron la Santa Paz de la Pasión, en la tribulación inexpresable y romano-bizantina de lo que había sido la Cabeza del mundo.
El resto de la tierra era como un bosque salvaje, donde sólo se internaban, lentamente, los mártires.
La historia de la Heptarquía sajona es indescifrable. ¿Cómo reconocerse en medio de esos reyes bárbaros de Kent, de Northumbrie, de Estanglie, de Mercie, de Essex, de Sussex y de Wessex, cada uno de los cuales reinaba en un territorio apenas más grande que uno de los departamentos de Francia, entre un torbellino de batallas continuas, derrocados todos los días por competidores más o menos atroces, que al día siguiente eran expulsados, amenazados constantemente, además, por los Gaëls, los Pictos y los escoceses, hasta el día en que los conquistadores escandinavos, más feroces todavía, lo ahogaron todo en sangre?
El Cristianismo, sin embargo, desde fines del siglo VI había podido arraigarse en ese caos. Un mísero cristianismo injertado en un árbol silvestre como ocurrió siempre entre los bárbaros, mezcla de tradiciones idólatras y de costumbres demoníacas, tal como se viera durante tres siglos en la Francia merovingia, o como se vio más tarde en Alemania del Norte y en Rusia, penumbra y oscuridad pobladas de fantasmas, bruma de sangre y de pecado, que apenas desgarraba el esplendor de algunos apóstoles.

Edmundo, rey de Estanglia o Inglaterra oriental, consagrado y coronado en 855, el día de la Natividad de Jesús, a la edad de trece años, por Humberto, obispo de Elmaham, en la ciudad de Bures, sucedió, según parece, a una serie de príncipes piadosos, entre los cuales hubo santos.
"Sigberto —cuenta Pedro de Caseneuve[1]— hermano y sucesor de Eorpenwald, que había sometido su entendimiento a la Fe de Jesucristo y obligado a su pueblo, con su ejemplo, a abjurar los errores de su antigua idolatría, habiéndose despojado de su Reino en favor de su primo Egric, ingresó monje en un convento que había hecho edificar, de donde, habiendo sido arrancado por la fuerza y constreñido a aparecer a la cabeza de un ejército contra Penda, rey de Mercie, pagano, no pudo nunca ser llevado a cometer la más leve acción contra la institución de su Orden, de manera que armado solamente con una varilla, fué muerto en el combate con el rey Egric. Arme, su primo, que le sucedió, tuvo cuatro hijas santas: Sexburge, Ethelburge, Etheldrithe y Whitberge. Habiendo sido martirizado inocentemente, por mandato de Quendrithe, esposa de Offa, Rey de Mercie, el rey de Estangle, San Ethelbert, Dios posteriormente hizo brillar el mérito de su santidad, con un gran número de milagros en la iglesia de Hereford, donde son muy veneradas sus reliquias."


II

Este Edmundo, dice el impío Carlyle[2], debió ser un hombre y un señor bien raro. Pues sus vasallos, a lo que parece, no tenían quejas de él; aquellos a quienes hacía trabajar no pensaban en causar el menor daño sus intereses; por el contrario, se tiene la prueba más evidente de que súbditos honraban, amaban y admiraban a su señor en grado sorprendente, y hasta desmedida e inexplicablemente; porque no encontrando límite al sentimiento que tenían de su valer, ni palabras para expresarlo, llegaron a beatificar y adorar a este Edmundo. Sería indudablemente interesante saber cuáles fueron sus deberes propios, sobre todo, su método para cumplirlos con semejante resultado, pero esto no es fácil descubrirlo en la actualidad. La vida de este Edmundo se ha convertido en un mito poético, y hasta religioso. El señor Edmundo iba y venía con calzado de cuero, usaba femoralia y una cota cualquiera; era menester que todos los días se procurara el sustento; y cada día debía granjearse las simpatías de gentes que le eran contrarias, y por hechos igualmente adversos, siempre frecuentes. Nadie se hace santo mientras duerme...
"Ese hombre, según parece, andaba humildemente por la senda de Dios luchando por purificar a la tierra hasta donde es posible, en lugar de marchar con Mammon, en la pompa y el orgullo, dejándola que se hiciera tan infernal como quisiese...
"Cuando los daneses le propusieron el Paganismo, bajo todas sus formas —confiscación, expoliación, sangre y fuego— Edmundo respondió que él se opondría tanto como le fuera posible a semejantes salvajismos. Le apresaron y nuevamente le preguntaron si daba su adhesión. De nuevo se rehusó Edmundo. - ¿Es acaso que no podremos matarte?, le gritaron ellos. — ¿Es acaso que yo no puedo morir?, replicóles. Mi vida, así creo, me pertenece en propiedad, y yo puedo disponer de ella como me agradé—. Y murió en medio de los más bárbaros suplicios, negándose hasta el último suspiro a hacer lo que se le exigía. Los daneses fracasaron en sus propósitos. Fuéronse, es lógico suponerlo, con sus picas y hachas de guerra y el resto de su aparato, a reunirse con el Diablo, su digno padre. Habiendo Edmundo dispuesto de su vida según su entendimiento, la tierra se vio liberada de aquéllos...
"En esa ocasión, y en otras parecidas, mostróse fiel servidor de la orden a la cual pertenecía, la más antigua y, en verdad, la única verdadera orden de Nobleza que haya bajo el sol de los Hombres Justos, Hijos de Dios, por oposición a los Injustos e hijos de Belial cuales son, en realidad, los segundos en antigüedad, aunque no constituyen sino una orden muy poco venerable... Todos los hombres pudieron ver y sentir que el señor Edmundo había tenido una verdadera actitud de hombre en esa peregrinación que fué su existencia; de manera que las bendiciones, en un desborde general de amor y de admiración, fueron su recompensa. “¡Ha procedido bien! ¡Ha obrado bien!", fué la exclamación de corazón de todos los hombres. Ellos recogieron su cuerpo lacerado, martirizado; lavaron sus heridas arrasados en copioso llanto todos los ojos, lágrimas que expresaban al mismo tiempo que una piedad infinita y una alegría, un triunfo sagrado. La clase más bella de lágrimas, tal vez la más bella de las cosas, semejante a un cielo irradiando diamantes y prismas fulgurantes, en completo llanto a la vez que iluminado por el sol eterno; y no se trata aquí de un cielo sino de un Alma y de un Rostro vivos. No puede verse nada en este mundo que se asemeje más al Templo del Altísimo, que esté más nítidamente señalado por la verdadera efigie del Altísimo...
"Y mientras los hombres de los Condados del Este, recogían en el pueblo de Hoxne los fragmentos del cuerpo mutilado de Edmundo, hallaron la cabeza que habíale sido cortada, y piadosamente la unieron al resto del cuerpo. Embalsamaron al héroe con mirra y aromas, cumpliendo esos deberes piadosos con amor, con piedad, plenos de tan elevados como sombríos pensamientos; hiciéronle una apoteosis derramando sobre él las torrentes de su admiración apasionada. Y sentíanse jubilosos, aunque no sin terror (porque toda alegría profunda encierra en sí algo de terrible), evocando las nobles acciones de Edmundo, su actitud y sus palabras divinas...".


III

Evidentemente Carlyle ha dicho todo lo que podía decir, todo lo que podía ver y saber, que era, en resumen, bastante poco. Su testimonio debería ser escuchado; pero si un puritano de Escocia, admirador de Cromwell considerado por él un amigo de Dios, pudo comprender o siquiera entrever qué es el Martirio, ¿de qué sirve ser católico? ¿Quién, entre los mismos católicos, puede comprenderlo hoy?
En la época, no muy lejana todavía, de las expulsiones religiosas a quienes no quiero nombrar, ¿no tuvieron la idea verdaderamente prodigiosa de hacerse fotografiar, antes de la partida, en el patio interior de su casa, cada uno con una palma en a mano?
La palabra Martirio se ha prostituído exactamente lo mismo que la palabra Caridad, lo que es de sentir o de temer. Ello depende del nivel de las almas.
"Yo sufro el martirio”, dice un enfermo imbécil que no recuerda ni siquiera su bautismo. En tiempos de las Diez persecuciones colosales, que duraron cerca de tres siglos que cambiaron la faz del mundo, se iba al suplicio cantando. El caballete, las uñas de hierro, el látigo de plomo, los escorpiones, las antorchas, los grilletes, las calderas, el aceite hirviente, la cal viva, el plomo derretido, los tizones, las sierras, las ruedas y los colmillos de las bestias eran cosas nupciales infinitamente deseadas, pedidas con lágrimas muchas veces y de las que uno no se creía digno. Era la concupiscencia universal de los tormentos.
Cuando llovían los golpes atroces, el torturado ascendía, enardecido de amor, la escala de los cielos, en medio de los astros, y a las vociferaciones demoníacas, el ruido de huesos que se quebraban, el chirrido de la carne abrasada, parecíanle una música de Querubines, de Tronos, de Dominaciones, tal como la que escucharan nuestros primeros Padres en su Jardín inimaginable cuando el tiempo y la medida de la Desobediencia no habían llegado aun.
Dar su vida por Dios, sufrir por Dios por el amor de Jesucristo, ser su testigo en los suplicios, he aquí el Martirio, el rudimento de la noción de Martirio. Así es como puede explicarse a los niños, a las ancianas, a lo labradores. Claro está que no hablo de los burgueses que nada de esto pueden comprender. Pero ello no es más que una necesidad, una cosa inevitable, puesto que no se la puede rechazar sin apostasía.
En su esencia, el Martirio, lejos de ser un efecto, una consecuencia, es precisamente una causa, un estado de fecundidad, el "semen christianorum" de Tertuliano, a punto tal que es imposible ser cristiano si no se lo desea, y la ausencia de persecuciones sanguinarias debería producir una insoportable y mortal nostalgia. Un pez privado de agua es la imagen exacta del cristianismo que no este rodeado por el aparato de los más espantosos suplicios y llego a creer que esa es la razón, o una de las razones, de la simbólica representación del pez en los antiguos monumentos cristianos.
El Salvador del mundo, que quería que su Madre sufriera con El más que todos los hombres juntos, no inventó para Ella nada mejor que la privación de ser degollada cruelmente. Él mismo la degolló  de Compasión, con una mayor crueldad, al pie de su Cruz, y por eso Ella es llamada la Reina de los Mártires.


IV

En su calidad de rey, san Edmundo tuvo con Jesucristo la analogía de morir por la salvación de su pueblo, Expedit unum hominem mori pro populo. Su historiador afirma que no había nada que él deseara con más ardor. Una guerra encarnizada hubiera podido salvarlo, a él y a su reino, habiendo, por otra parte, combatido ya valerosamente. Pero tuvo horror del torrente de sangre, y quiso algo mejor. Sabía, sin lugar a dudas, que inmediatamente después de su sacrificio, los daneses desaparecerían. Su último suspiro fué el ite missa est para esos diabólicos asistentes. Ellos se alejaron, como lobos intimidados por una piadosa lámpara votiva en la campaña, una noche de invierno, y fué precisamente otro lobo, un lobo fiel del país, un bravo lobo sajón, el escogido para depositario de la más preciosa de las reliquias del mártir.
"La venganza de Hinguar no quiso detenerse en la muerte de san Edmundo. Llegó hasta los miserables despojos de ese cuerpo, al que sólo podía ya afectar la denegación de sepultura.
"Esa pobre Cabeza, en los delineamientos de cuyo rostro descolorido y exhausto parecía vivir algo de san Edmundo, todavía podía ofrecer motivos de nueva satisfacción al resentimiento del tirano. Fué condenada a ser arrojada al muladar. El infortunado halconero Berne, al llegar allá, propuso que la cabeza fuera llevada al bosque vecino de Heglesdune, donde Lothobroch fuera asesinado. Aceptada con júbilo la proposición, la cabeza fué arrojada en el sitio más apartado de ese bosque, y expuesta a las aves y bestias salvajes.
"... Los habitantes de la región, que para escapar al furor de los bárbaros habíanse refugiado en los bosques y en las montañas, salieron de sus escondites para ir a repoblar los pueblos y ciudades abandonados. La memoria del buen rey san Edmundo, que el sentimiento de su propia miseria no había podido borrar, solicitó primero la caridad de ir en busca de su Cabeza, que se sabía fuera arrojada en el bosque de Heglesdune. Esa buena gente se puso, pues, en procura de la preciosa Reliquia y, desparramándose por toda la extensión del bosque, se empeñó en registrar lo más espeso de la arboleda, hasta los lugares accesibles solamente a las bestias salvajes.
"La mayor parte se servía del ruido de cuernos y trompetas de caza para hacer saber el lugar en que se hallaba, a objeto de que los que llegaran en pos de ellos no perdieran tiempo en buscar donde ya lo habían hecho. Más felices en la búsqueda fueron precisamente aquellos que sólo se sirvieron de su voz para dar a conocer su posición. Algunos de ellos, que en cierto momento se encontraron extraviados salieron del laberinto dando voces a sus compañeros.
"Habiendo gritado una voz: ¡Her, her!, o sea, en el idioma de la región ¡Aquí, aquí!, todos acudieron al lugar de donde partía ella, y encontraron entre las patas de un lobo la Cabeza de san Edmundo, cuya boca abierta aún, acababa de formular el grito que habían escuchado. Las exclamaciones de alegría que se hicieron oír ante el feliz hallazgo, atrajeron a la totalidad de los buscadores, y con toda veneración transportaron la sagrada reliquia hasta la sepultura donde habían depositado el cuerpo, en un lugar llamado Suithune, a escasa distancia de donde había tenido lugar su martirio.
"El lobo, que hasta entonces había sido su guardián, siguió al convoy fúnebre, y luego de haber visto cubrir de tierra el precioso tesoro que cuidara tan fielmente, volvióse al bosque de Heglesdune.
"Dios, que es admirable en esos Santos, comenzó entonces a inundar de santidad ese lugar, con la realización de múltiples milagros. Esa Cabeza, que la crueldad de los bárbaros desprendiera del tronco, cuarenta días más tarde habíase unido nuevamente al cuerpo, y durante los muchos siglos que el cadáver se mantuvo incorruptible, esa maravilla fué testimoniada por una huella rojiza que señalaba el lugar donde había cortado la afilada espada”.


V

San Edmundo es el patrono de la Schola Cantorum. Así lo dispuso la Providencia infalible, que ha querido que la residencia actual de aquélla fuera antes una casa religiosa donde se honraba particularmente al mártir. No existiendo el azar, dios de los imbéciles, es indispensable que haya conexión misteriosa entre la gloria de san Edmundo, muerto hace mil años, y este esfuerzo, manifiestamente bendito, de un retorno a las tradiciones de la música sagrada.
Yo no me encargaré de explicar esa concordancia. Bástame saber que Dios la conoce y la realiza por la vocación del gran artista, suave y profundo, que ha emprendido semejante obra de renacimiento cristiano.
Si me fuera permitido un poco, después de esto, me aventuraría a hablar de ese pobre lobo del siglo IX, que en cierto modo, y según su naturaleza de bestia elegida, tiene una parte considerable en el patrocinio magnifico de la Schola.
Homines et jumenta salvabis, dice el Salmo. ¿Quién dirá cuál es el lugar de las bestias? Había en Belén un buey y un asno profetizados por Isaías setecientos años antes de Jesucristo. Yo haría observar que ese gran Vidente tuvo una verdadera ansiedad por anunciar a esos inestimables animales, que aparecen mencionados en el comienzo de su libro.
Jesús en el desierto vivía con las bestias, nos lo dice el Evangelio, y la mayor parte de los grandes santos nos son mostrados por la tradición en compañía de cuadrúpedos o de aves. Honor, pues, al lobo de san Edmundo, que protege la Schola Cantorum y que tuvo la cabeza del mártir entre sus venerables patas.
No se me enseñará que el lobo tiene una mala reputación. Pocos animales feroces inspiran un terror tan generalizado. Sin embargo, el mismo Isaías nos lo dice dos veces: el lobo y el cordero terminarán viviendo juntos, en completa armonía. La Fontaine, que no leyó más que a Baruch, ha ignorado esa profecía, que explica, hasta cierto punto, el patrocinio de la Schola con la cual he querido terminar.

LEÓN BLOY
(El Viejo de la Montaña
13 de Noviembre de 1908)



[1] Historia de la Vida y de los Milagros de San Edmundo, Rey de Estangle o Inglaterra oriental, por Pierre de Caseneuve. Tolosa, 1644.

[2] Carlyle, Pasado y Presente. Libro II, capítulo III.