miércoles, 7 de septiembre de 2016

El que ha de Volver, por M. Chasles. Segunda Parte: Reinará (IX de X)

IX

Y NO APRENDERÁN MÁS LA GUERRA

Is. II, 4

El reinado pacífico del Mesías es probablemente la profecía más neta y más frecuentemente renovada. Casi todos los escritos de los profetas mayores y menores terminan anunciándole. Es como el sello que cierra el rollo sobre el cual con su pluma consignaron la palabra de Dios.

Hasta el siglo V de nuestra era se creyó generalmente en la Iglesia que este reino mesiánico tan netamente descrito sería sin duda el reino de mil años, anunciado por el Apocalipsis.

Después se cambió de opinión y la mayoría de los exégetas católicos dicen que actualmente estamos bajo el reino mesiánico, aquél de los mil años apocalípticos.

¡Extraño reino de Cristo desde hace quince siglos! ¡La Iglesia, sin embargo, parece no ignorar la persecución! ¡Las naciones preparan la guerra o la hacen, y con qué barbarie! Los individuos no conocen la paz del cuerpo ni la del alma: ¿No está la guerra en cada uno de nosotros? "La carne conspira contra el espíritu", decía el apóstol. El combate existe en todas partes: "He combatido el buen combate" ¿no es nuestra suerte cotidiana? Y así será hasta la vuelta de Cristo.

El mundo no puede encontrar la paz, y el apóstol Pablo considera que esta búsqueda excesiva de la paz entre las naciones es una señal del fin de los tiempos. “Cuando digan: “PAZ Y SEGURIDAD”, entonces vendrá sobre ellos de repente la ruina (…) y no escaparán” (I Tes. V, 3).

¿Ha habido acaso un tiempo más incierto que el nuestro, en que se haya repetido más a menudo por una especie de ironía "PAZ Y SEGURIDAD"?


Este modo de hablar responde evidentemente a una necesidad de todo nuestro ser que reclama la seguridad y la paz, esa "abundancia de paz" (Sal. LXXII, 7) que señalará la pacificación universal, bajo un jefe único: paz establecida primeramente en el individuo, después en la familia y entre las naciones; la paz, por fin, en toda la creación animal y vegetal.


***

El "pacifismo", el "internacionalismo" no son utopías sino en las condiciones de nuestra sociedad terrena; bajo la apariencia de nobles sentimientos son el efecto de una secreta cobardía. Pero, en sí, bueno es aspirar al tiempo en que "no se ensayará más la guerra".

Isaías lo sabía bien.

Oigamos hablar a este profeta tan actual. Si se transpusieran sus palabras no se hallarían fuera de lugar en las sabias conferencias internacionales para la paz. ¡Pero no hay más que un solo árbitro de las naciones y éste es el que siempre rechazan!

"ÉL (el Mesías) SERÁ ÁRBITRO ENTRE LAS NACIONES, y juzgará a muchos pueblos; y de sus espadas forjarán rejas de arado, y de sus lanzas hoces. No alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni aprenderán más la guerra” (Is. II, 4).

Jesús, en su primera venida traía esta esperanza de paz que los ángeles anunciaban a los pastores: "Gloria Dios en las alturas, y en la tierra paz entre hombres (objeto) de la buena voluntad" (Lc. II, 14).

Zacarías, el padre de Juan Bautista había dicho de él:

"Viene para dirigir nuestros pies por el camino de la paz" (Lc. I, 79).

Antes de su muerte Jesús quiso dejar este don a los suyos: "Mi paz os dejo" (Jn. XIV, 27). Después de la resurrección renovó este anhelo: "La paz sea con vosotros" (Lc. XVII, 36).

Pero es necesario el segundo advenimiento para que esta paz prometida sea una realidad duradera y universal. Un individuo aislado puede ser — por la gracia de Dios — "el que procura la paz"[1] y de él hablan las bienaventuranzas del Evangelio, mas no obran así las masas.

Es preciso esperar el día en que Dios dispersará a "a los pueblos que se gozan en las guerras" (Sal. LXVIII, 31).

Hay que esperar el día en que Jesús realizará, a la letra, lo que anunciaba David:

"Hace cesar las guerras hasta los confines del orbe, cómo quiebra el arco y hace trizas la lanza, y echa los escudos al fuego. “Basta ya; sabed que Yo soy Dios, sublime entre las naciones, excelso sobre la tierra” (Sal. XLVI, 10-11).

Entonces podrá extenderse por el mundo esa era de paz, de justicia y de felicidad anunciada por Isaías.

"Lleva el imperio sobre sus hombros. Se llamará (…) Príncipe de la paz. SE DILATARÁ SU IMPERIO, Y DE LA PAZ NO HABRÁ FIN. (Se sentará) sobre el trono de David y sobre su reino, para establecerlo y consolidarlo mediante el juicio y la justicia, desde ahora para siempre jamás. El celo de Yahvé de los ejércitos hará esto” (Is. IX, 5-6).

Transportémonos ya a este reino en que no aprenderán más la guerra. Por una fe ardiente, por una luminosa esperanza, corramos con el pensamiento, en nombre de su advenimiento y de su reino, a ese lugar de paz y de alegría.


***

La tierra entera se llenará de gozo, recobrará los derechos que perdió por la culpa de Adán.

"Sabemos, en efecto, que ahora la creación entera gime a una, y a una está en dolores de parto. La creación está aguardando con ardiente anhelo esa manifestación de los hijos de Dios; pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de aquel que la sometió; pero con esperanza, porque también la creación misma será libertada de la servidumbre de la corrupción para (participar de) la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Rom. VIII, 22, y 19-21).

Así, pues, a la gloria y a la paz de los Hijos de Dios - de esos hijos resucitados "en Cristo — vendrá a unirse la gloria y la paz dada por Jesucristo a toda la tierra, tanto al mundo animal como al mundo vegetal.

Es entonces cuando el profeta Isaías, que había contemplado desde muy lejos estas horas "de refrigerio" y "estos tiempos de la restauración de todas las cosas", — recordados por San Pedro (Hech. III, 20-21) — escribía:

"Habitará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará junto al cabrito; el ternero y el leoncillo andarán juntos, y un niñito los guiará. La vaca pacerá con la osa y sus crías se echarán juntas (…) No habrá daño ni destrucción en todo mi santo monte; porque la tierra estará llena del conocimiento de Yahvé, como las aguas cubren el mar” (Is. XI, 6-9).

Sí, "¡todo ojo le verá!".

Y la tierra, maldita en el Edén, será la que se regocije y cubra de flores.

Las fuentes brotarán en el desierto y en la cima de los montes (Is. XXX, 25).

Serán cantos de alegría, gritos de triunfo, porque la viña dará su fruto.

Los lagares rebalsarán y las eras estarán llenas. Cada cual podrá sentarse bajo su higuera y bajo su viña (Véase Is. XXXV; Am. IX, 13; Miq. IV, 4).

¡Qué magnífica visión! La paz ha invadido al mundo celestial y terrestre.

"LA JUSTICIA Y LA PAZ SE BESARAN" (Sal. LXXXV, 11).




[1] "Que procura la paz" y no "pacifico", como se traduce habitualmente. Ver el texto griego (Mt. V, 9).